Ryne Moore: Yandere as a philosophy of Love
Chapter 46: capter
Ella se detuvo un segundo, jugando con sus manos antes de continuar, volviendo a cerrar los ojos, ahora con más fuerza. —Eso me alegra... creo —intentó decir, con la lengua algo trabada—. Tu vida se escucha linda.
—¿A qué te refieres? —pregunté, pero ella, en ese y muchos momentos, escondió sus penas con una sonrisa.
—Quise decir aburrida —contradijo, levantándose del banco—. Ya me aburrí de esta aburrida cafetería. ¿Cuánto tiempo te queda para acabar? Ya sabes, para irnos de compras.
Capítulo 23: Mayo IV
—Señorita Moore —interrumpió—. Muchas veces sus historias no tienen lógica convencional. ¿Por qué me muestra lo bello y no algo más significativo?
—Esto es lo significativo —confirmé, colocando una mano al pecho—. Yo no busco solo que me escuche; busco que me entienda —dije, abriendo los ojos, notando la falta de luz blanca—. Si solo le contara los actos, no entendería por qué me dañó.
Saqué mi celular, mostrándole una fotografía de un partido de fútbol. Yo me encontraba en los hombros de Nolan; él sonreía mientras me cuidaba de no caer. Los niños posaban su campeonato con Tomás en medio.
—Mayo está tapada —dijo, viendo la imagen digital, modificada para no verla—. ¿Usted la modificó?
Asentí. —Era para protegerla —respondí, sintiendo cómo el estómago me dolía como a Ryne en esa noche—. Para protegerme.
Guardé el celular, viéndola a los ojos una última vez.
—Si le platico los buenos momentos es para que me entienda —volví a confirmar—. Yo no le miento; le cuento las cosas como son y como las viví —suspiré, cerrando un ojo, lista para volver—. Quiero que me entienda: lo que viví, lo que sentí, mis razones —apreté mis muñecas, viéndola con mi único ojo—. ¿Usted me entiende?
Ella asintió, con la boca abierta, tal vez sorprendida de mi respuesta. —Sí —confirmó—. Quiero seguir entendiéndola.
Cerré mi último ojo, recordando su propuesta de ir de compras.
—Pues cerramos alrededor de las siete u ocho —aclaré, apuntando al reloj—. Creo que hoy no podremos; tal vez el próximo martes, aprovechando tu cumpleaños.
Ella golpeó la mesa. —¿Dónde está ese jefe tuyo? —preguntó—. Todo esto suena a abuso laboral.
—Abuso laboral —incliné la cabeza—. No, nada de eso. Yo fui la que le dijo a Nolan que estudiara —apunté al reloj—. Sale en veinte minutos.
—Llámalo y dile que venga —ordenó, cruzando los brazos—. Los días son muy cortos para esperar veinte minutos.
—No puedo interrumpirlo —levanté la jarra de la cafetera—. Si quieres puedes pedir otro café y unas galletas —coloqué los codos en la barra—. Tal vez podríamos hablar sobre los paisajes que viste y las comidas que probaste.
Ella movió la mano, como si esas cosas banales no fueran lo importante. —Ay, Ryne, eres una chica muy apretada —con la misma mano, apuntó el local—. Solo está un vejete al lado de la ventana, una pareja comiendo unas papas fritas y una señora en el centro contando centavos —gruñó—. Son irrelevantes teniéndome a mí enfrente.
—Es mi trabajo —repuse—. Y el señor de la ventana no es un vejete; es mi amigo.
—Ya deja esa actitud, perra —sacó su cartera del bolso—. Tienes el culo muy tenso; tal vez una visita a Lefiw, mi masajista italiano, pueda arreglar esa hipersensibilidad —me tomó la mano—. Créeme, sus manos son grandiosas; te harán sentir el cielo mientras te calienta como en el infierno. 𝑓𝓇𝘦ℯ𝘸𝘦𝑏𝓃𝑜𝘷ℯ𝑙.𝑐𝑜𝓂
—No voy a ir a que me toquen, Mayo —me solté—. Yo no necesito a nadie más que a mi Nolan y mi trabajo para ser feliz.
Pero en ese momento la campanilla sonó, anunciando la entrada de Nolan, dieciocho minutos antes de lo normal. Algo en ese tiempo me congeló la sangre.
—Mira quién llegó —sonrió—. ¡Jefecito!
Nolan la vio, saludándola con una sonrisa desconcertada. —¿Mayo? —se preguntó, viendo cómo ella se lanzaba a sus brazos—. ¿Qué haces aquí? Pensé que nunca volverías.
—¿Qué? ¿Me extrañaste? —sonrió—. Si solo fueron tres meses, o más.
Nolan desvió la mirada, mientras ella se separaba, colocando las manos atrás, encorvándose un poquito. —¿Cómo está el jefecito más precioso y generoso de todo el multimega universo?
Él se rascó la nuca. —Solo fui tu jefe por uno o dos días —le dijo, sacudiendo su ropa—. ¿Qué necesitas, Mayo? Esa actitud tan animada no es propia de ti.
Ella hizo la expresión más indignada que su rostro le permitió. —¿Acaso crees que solo te trato bien por conveniencia? —se echó para atrás—. ¿Qué clase de horrible y mala persona me crees?
—Disculpa —dijo Nolan—. No debí pensar que buscabas algo —rio un poco—. Entonces no quieres nada.
—Claro que quiero algo —reveló finalmente—. Un día libre para Ryne —me apuntó, detrás del mostrador—. Le digo que está muy tensa y necesita un descanso. ¿No lo crees?
Nolan se rascó la nuca. —Ryne se ha esforzado mucho —dijo, mientras yo me congelaba y gritaba por dentro que dijera que no—. Pero hoy es un día algo pesado.
—Nolan —lo llamó ella, viéndolo fijamente, con unos ojos que al verla de espaldas no podía identificar—. Dale un día de descanso a Ryne —sonrió, cerrando los ojos—. ¿Por mí no puedes?
Nunca lo había visto tan tenso. Mayo nos visitó hace mucho tiempo, pero solo había pasado una o dos semanas antes de volverse a ir. Nunca duraba más que eso.
—Yo... —intentó decir Nolan, tenso, mientras Mayo lo seguía mirando—. Creo que habrá poco trabajo.
—¿Eso es un sí? —preguntó directamente.
Nolan asintió, sin levantar la vista.
Ella se volvió a lanzar a los brazos de Nolan; él intentó apartarla. —Por eso eres el mejor jefecito del mundo. Siempre tan caritativo —me volteó a ver—. ¿Oíste, Ryne? Vámonos; mi auto está fuera.
Yo salí del mostrador, desatándome el mandil. —Discúlpame, Nolan. ¿Podrás solo?
—Claro, amor —dijo, extendiendo los brazos. Yo accedí, abrazándolo mientras él recargaba su rostro contra mi pelo—. Tú disfruta de tu día; espero escuchar muchas historias de cómo lo disfrutaste.
Yo asentí, acostándome un segundo más en su pecho. —Y van a ser muchas —al soltarme, sacó su cartera y extrajo un billete de cien dólares. Al verlo me asusté—. No es necesario, Nolan; es mucho dinero para mí.
—No seas modesta; quiero que disfrutes tu día como se debe —se acercó a mí—. Además ya sabes cómo es Mayo de derrochadora; no debes seguirle el paso, pero con que puedas comprarte algo bonito seré feliz.
Sonreí, besándolo en los labios. —Con eso soy feliz, ¿sabes?
Mayo movió la puerta, golpeando la campanilla. —No escuchas el ding dong —contestó, mientras yo escuchaba clinc clinc—. Luego te la follas, caballo —dijo, jalándome de la mano—. Por hoy préstamela; te la voy a dar lista.
—Yo no voy a hacer nada —dije, soltándolo; Nolan asintió—. Adiós, Nolan. Que no se te olvide que aún me debes una cena.
—¡Nunca lo haría!
Y con esas palabras la puerta hizo su último clinc, abandonando el local.
El auto estaba estacionado a media cuadra del local. Lo vi desde lejos y lo primero que noté fue exactamente lo que Mayo quería que notaras.
—¿Lindo, no crees? —sonrió—. Lo mandé a limpiar, luego pintar y a limpiar otra vez —sonrió, dándome una palmada en la espalda—. Por eso es tan lindo como yo, como debe ser.
Lo vi; no mentía. Brillaba de una forma espectacular su pintura azul marino, con los rines sin una mancha y la carrocería sin un rasguño. Sus ventanas polarizadas terminaban el atuendo de elegancia perfecta.
—Vamos al mall a comprar ropa en condiciones —rió—. Que tengas solo una media es un poco, ya sabes, feo —se subió de un movimiento—. Súbete; no tenemos todo el día, pero si quieres utilizar la noche no me quejo.
Yo abrí la puerta, y al hacerlo, una gorra de pizzería cayó junto a un dado de juguete de guardería. —¿Mayo?
—Son cosas sin importancia —dijo, encendiendo el motor—. Solo métete.
Miré un montón de cosas: juguetes, paquetes, ropa. —No quiero ser grosera —intenté decir, con la voz más respetuosa que me nacía—. Pero no la habías mandado a...
—Limpiar —completó—. Sí, pero solo el exterior. El interior tardaban dos horas más y no tenía ganas de esperar —confirmó—. A nadie que no entre le importa cómo esté adentro. Mientras se vea bien, está bien.
—¿Y todas estas cosas son?
—De trabajos pasados —sonrió—. La gorra —dijo Mayo, acelerando hacia la avenida— es del trabajo de repartidora de pizzas —miró notas en la guantera—. En ese duré once días; mi mayor récord.
—¿Y el anterior?
—Nueve —respondió, como si fuera un logro—. Así que técnicamente mejoré.
—¿Y la caja?
—De cuando fui repartidora —soltó una carcajada—. Quién diría que no puedes abrir los paquetes hasta entregarlos. ¿Es una tontería, no crees? Cómo sé si es lo que pidió sin verlo antes.
—¿Pero por qué te la quedaste?
—Me despidieron —dijo—. Así que nunca llegué a entregarla.
—¿Y qué es?
—Un dildo. ¿Lo quieres? —mi cara se tensó, negando con la cabeza y las manos—. Es una broma tonta —me empujó—. Pero bien que lo querías; se te vio en la cara.
—No —dije, sonrojada—. Yo nunca he usado uno.
—Ah, eres más de usar el dedo, sucia —volvió a reír—. Es una broma, Ryne; no te exaltes.
—Está bien —dije, recargando mi cabeza contra la ventana—. ¿Puedo preguntar qué es?
—Un maquillaje de mal gusto —suspiró—. Creo que le hice un favor al no entregarlo. ¿Te imaginas salir con eso en la cara? Mejor me pinto de payasa.
—¿Y los recibos?
—Del viaje.
—¿De cuántos países?
—Quién los cuenta; solo se disfrutan —me dio un codazo—. Pero si te interesa, un aproximado... ocho países —contestó—. Estuve con cuarenta, pero no recuerdo si solo eran hombres —se rascó la barbilla—. Como con cinco en cada país.
Me quedé callada, aún recargada en la ventana.
Pero Mayo la movió. —No me ignores —me llamó—. Ya hablamos mucho de mí; ahora dime tú —cambiando de carril con una mano en el volante—. ¿Nolan es un buen novio contigo?
—Sí lo es —confirmé, acomodándome en mi asiento—. Siempre me trata bien.
—No lo recordaba tan cariñoso —cambió de carril—. En mi época, si hubiera tenido esos brazotes, hasta yo le lloraba —me dio otro codazo—. Con ese cuerpo no me imagino cómo será en la cama.
A Mayo la conocí en el segundo mes de llegar a Vancouver; era verla una semana y despedirse por un mes. Así que no convivimos mucho; por eso nunca entendí que me tratara con tanta confianza.
—Nunca esperé que estuviera con una chica como tú —dijo, bajando la velocidad—. Según yo prefería los pechos grandes y cuerpos entrenados —sonrió, estacionándose—. Parece que cambió por ti.
Mayo se estacionó, abriendo la puerta. —Bueno, llegamos, linda. Todo lo que veas y te guste te lo consigo —miró al conserje—. Hombres incluidos.
—Mayo, no.
Giró la cabeza, viendo a un grupo de chicas pasar con smoothies. —Si quieres experimentar con mujeres está bien. Me les uno.
—¡Mayo! —grité—. No digas cosas así en público.
—Ya relájate, Ryne —me puso la mano en el hombro—. No te encierres solo en lo que crees correcto; también vive lo que desconoces, para tener un mayor criterio.
—No me quedaré en un edificio en llamas solo para ver lo que se siente —contesté.
Ella sonrió, cerrando los ojos. —Obvio no te pido tanto; solo disfruta el lugar —empezó a caminar, abriendo la puerta automática—. Vamos.